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Considerar
en Argentina la “luchas estratégica contra las drogas” -que
así han dado en llamar a eso que hacen- impone la obligación de
olvidarse en el principio de las drogas y sus efectos para fijar
la atención en algo más generalizado y peligroso.
El
desorden y el desánimo.
En
una patria cualquiera, una vez instaladas tales calamidades serán
muchos lo que oculta, o abiertamente, se precipitarán a sacar sus
provechos,
como que del árbol caído todos hacen leña.
Desorden
y desánimo son las calamidades que dan por tierra con el árbol
de los pueblos: la lista de los que de él querrán sacar su leña
será enorme en extensión y variedad. Algunos llegarán por la
parte del león, otros por la de las achuras. Todos seguros de que
con poco que hagan, nada ni nadie podrá impedirles colmar sus
intereses por turbios o maléficos
que estos sean.
Bien,
esta es la real, particular y determinante situación en que los
Argentinos recibimos los daños del narcotráfico: como los que
vienen de quienes se presentan por nuestras achuras (que los que
nos causan los que se procuran la parte del león vienen de otros
de bocas más grandes) aprovechando nuestra condición de patria
caída.
Por
el desorden, ambos tipos de enemigo, no encontrarán entre
nosotros a quienes puedan enfrentarlos con posibilidades de
victoria. Ante bien por el desorden, encontrarán a quienes
impunemente, desde adentro, les abrirán las puertas.
Por
el desánimo, demasiados de nosotros no pudiendo ser hombres
dignos, aceptaremos sus ofertas de felicidad contentándonos con
ser hombres en ensueños químicos, aunque en ello se nos vaya el
resto de la vida que aun tenemos.
Desorden
y desánimos. Azotes que acompañan a las derrotas. ¿O no hemos
sido derrotados cuando habiendo podido entre todos ser un pueblo,
nos encontramos retornando en desbandada a ser masa?
Desde
muy antiguo se hizo presente en todo lo largo de la Historia del
hombre, el concepto de desunir, desorganizar, desanimar al enemigo
para poder luego vencerlo con facilidad e imponerles nueva ley y
apropiarse de su vidas y bienes. Pero así mismo, muchísimos son
los ejemplos de jefes de todas las épocas que lograron imponer
esa situación de tal manera a sus contrarios que se hicieron
innecesarias las batallas militares. También hay muchos ejemplos
de pueblos que habiendo perdido por si solos orden y ánimos, no
tardaron en ser presa de improvisados enemigos.
Por
alguna de estas vicisitudes habremos pasado los argentinos porque
fuerzas hostiles –como las del narcotráfico-comen nuestras
entrañas y hacen lo necesario y hasta lo increíble para, manteniéndonos
en la impotencia, poder seguir comiéndolas.
Por
eso hablar en Argentina de “estrategias contra la droga”, -o
sobre
“atención justa y sistemática para sus enfermos”, o
grandes cosas por el estilo-, sin tener presente cuánta y cuál
es la impotencia a que nos ha reducido a nosotros como pueblo,
como nación, el habernos dejado ganar por el desorden y el desánimo,
es hablar por hablar. Y en algunos casos peor, pues se trata de
hablar para engañar.
¡Remedio
contra el narcotráfico!:
Volver
a ser pueblo, comunidad organizada. (Por supuesto que eso también
aleja a otros dañinos; a los de boca chica y a los de boca
grande).
A
más, téngase en cuenta que eso de volver a ser pueblo, en primer
lugar también supone la vigencia del amor para el enfermo -¿O no
es amor entre todos nosotros tornarnos en comunidad organizada?- Sí,
aquel mismo amor responsable que hoy se le escamotea al lastimado
tras las ficciones de una ciencia y una justicia argentinas tan
presas de desorden y desánimo que suelen parecer ciegas.
Cuando
en 1817 la columna a cargo del General Gregorio Las Heras supo
retirarse con una dificilísima marcha nocturna del enorme caos
–¡Desorden y desánimo!- que ganó al ejército patriota en la
oscura noche en que sufrió el
Desastre de Cancha Rayada, manteniendo el orden y la fe de
sus 3.500 soldados y oficiales, salvó el núcleo sobre el que se
rearmó, luego de casi 300 kilómetros de retirada, el ejército
libertador.
Ese
mismo que poco después triunfaría tan decisivamente en los
campos de Maipú, que con ello aseguró la definitiva libertad de
Chile.
En
nuestro desorden, en nuestro desánimo, en nuestra actual Cancha
Rayada... ¿Cuál es la columna que no se deja ganar por la
impotencia? ¿Cuál es la que no huye en desbandada?¿Cuál la que
se retira ordenadamente y con esperanza? Bien, a esa hay que
integrarse, unirse, que allí reside el punto de partida de
cualquier “estrategia de lucha contra las drogas” (o contra
cualquiera de los otros males parásitos) que aspire a ser
victoriosa.
Tal
lugar, tal posición, con su difícil rigor, es el extraordinario
lugar que disponemos los Argentinos para realizar los ejercicios
que pueden curarnos de nuestros defectos y con los que nos
reconstituiremos en hombres dignos.
¿Y
si tal columna patriótica no existiera? ¿Y si hasta la última
fuerza ordenada de los Argentinos hubiera sucumbido al desorden?
Si
fuera así, si no existiera, pero si queremos vivir, si queremos
curarnos, deberemos hacer que exista. Después de todo en cada
pequeño grupo de gentes, en cada asociación de personas, bien
pueden reinar el ánimo y el orden necesario…y para los
argentinos, una columna, una división, un ejército, la comunidad
organizada, el pueblo, bien pueden reducirse a ser en sus
principios la confluencia de numerosos pequeños grupos en los que
persistan -o hayan renacido- la esperanza y la organización.
Es
que si no alcanzamos hoy a tener lo maravilloso del amor de un
pueblo que nos ampare como un gran escudo, se puede muy bien
empezar con el sencillo amor de los hermanos. Que por allí
empieza el fundamento de toda salud verdadera. Tal vez ya ha
empezado.
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