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I
- EL
HOMBRE
El ser humano nace de la familia, grupo social
básico que constituyen sus padres y del cual
recibe la vida y cuidados de toda naturaleza.
Se desarrolla en el seno de una Comunidad más
amplia que se constituyó a lo largo de los
siglos y que le proporciona la herencia del
pasado, sin la cual no se diferenciaría de la
fiera: no sólo los bienes materiales, sino
también y sobre todo sus caracteres biopsíquicos
y la civilización y cultura de su tradición.
De ahí que el hombre sea un animal social:
depende de la sociedad que le da la vida y los
medios de aprovecharla plenamente, conforme
con su derecho natural de individuo. Tiene,
por lo tanto, la obligación, no menos
natural, de aportar a la Comunidad todo lo que
es capaz de darle y, eventualmente, de
sacrificarse por ella.
Sólo en el marco social el ser humano se
realiza plenamente, mandando si tiene las
cualidades requeridas, obedeciendo si lo
necesita para afirmarse en grado máximo; pero
nunca aceptando pasivamente la existencia. La
Comunidad no es ningún rebaño: para
progresar en toda la medida de lo posible,
necesita que todos sus miembros, cada uno en
el lugar que su capacidad le asigna, luchen
constantemente. No se transforma la naturaleza
con gozadores; no se vencen los obstáculos
con cobardes. El heroísmo es la virtud
primera del hombre. Vivir peligrosamente es
vivir como ser humano; vivir tranquilamente es
subsistir como vaca destinada al matadero. Los
hombres Heroicos hacen los pueblos fuertes. Y
sólo los pueblos fuertes hacen la historia
II
- LA COMUNIDAD
Natural o voluntariamente, el ser humano forma
parte de distintos grupos sociales y
asociaciones de naturaleza diversa, cada uno
de los cuales tiene su orden propio que se
opone en alguna medida al de los otros y que
permanecen unidos, sin embargo, por vínculos
de solidaridad más fuertes que sus
antagonismos. El hombre es miembro de una
familia, de un taller, de una parroquia, de un
club deportivo, etc., fuera de los cuales no
podría ni procrear, ni producir, ni rezar, ni
divertirse. Las familias agrupadas en cierto
territorio constituyen un municipio; varios
municipios, una provincia; varias provincias,
una nación. Y lo mismo ocurre, o debería
ocurrir, con los demás grupos de función común.
La Comunidad se presenta, pues, como una pirámide
de federaciones diferenciadas que desempeñan
cada una su papel particular en el seno del
organismo social. No se trata de un mero
conglomerado, sino de un conjunto unitario que
nace, se desarrolla y muere como un individuo.
Surgida del pasado, la Comunidad crea su
historia afirmándose en el presente por
adaptación a condiciones de vida siempre
cambiantes y se proyecta en el futuro con una
masa de posibilidades que le corresponderá a
ella hacer reales o rechazar en el olvido.
Para afirmarse cada vez más, la Comunidad
nacional tiene que ser dueña de su destino.
Esclavizada por una potencia extranjera o
proletarizada por la finanza internacional, la
nación no puede sino sobrevivir, humillada y
explotada. Pero tampoco puede dar lo mejor de
sí misma cuando una fracción de sus
integrantes la gobierna en provecho propio o
explota el trabajo ajeno. No hay Comunidad
nacional sin soberanía política,
independencia económica ni justicia social.
III
- EL
ESTADO
Los grupos federados que constituyen la
Comunidad no sólo están destinados a
coexistir, sino también a colaborar, en el
sentido preciso de la palabra, como los
miembros de una familia. Tienen que desempeñar
cada uno su papel particular en el seno del
organismo social. Sus funciones respectivas
son complementarias. No se puede concebir una
harmonización de tantas actividades diversas
e interdependientes sin un orden jerárquico,
que implica el mando. Es ésta la razón
primordial por la cual toda Comunidad posee un
órgano especializado en conducción política:
el Estado. A él corresponde dar a la
multiplicidad necesaria de los grupos y
federaciones la unidad sin la cual no habría
sino el caos.
Para conducir a la Comunidad, el Estado
necesita conocerla, y no sólo en su realidad
presente. No puede crear la historia sin saber
de dónde vienen los elementos de que dispone,
o sea sin aprehenderlos en su evolución. Para
poder proyectar la intención histórica de la
nación, el Estado debe interpretarla y, más
aún, encarnarla.
También debe dar a las fuerzas internas del
cuerpo social la unidad y continuidad que no
poseen espontáneamente. De los grupos,
asociaciones y comunidades intermedias surgen
dinamismos que constituyen la “materia
prima” de la duración comunitaria. Pero
tales dinamismos tienden a desgastarse en
antagonismos estériles que el Estado tiene
que superar, haciendo que las fuerzas hostiles
concurran a la afirmación nacional.
IV
- LA SUBVERSIÓN BURGUESA
A fines del siglo XVIII o principios del XIX
el orden social natural fue quebrado por un
fenómeno patológico cuyas consecuencias
seguimos padeciendo. Grupos marginales de la
sociedad comunitaria, que se dedicaban al
comercio de ultramar y, clandestinamente, al
préstamo a interés, se habían enriquecido
sin conseguir con ello más que comodidades
materiales. Aspiraban al poder y, después de
un largo proceso de subversión ideológica,
lograron apoderarse del Estado francés y
posteriormente, por la fuerza o la propaganda,
de los demás Estados del mundo occidental.
La burguesía adaptó entonces a sus
necesidades las estructuras del Estado,
convirtiéndolo de órgano rector de la
Comunidad en instrumento de su propia dominación.
Pero las “fuerzas de ocupación” estaban
divididas en numerosos grupos competidores,
debido a su misma naturaleza mercantil. Con el
fin de que ninguno de dichos grupos pudiera
desplazar a los demás, la burguesía
triunfante dividió al Estado en tres poderes
autónomos e hizo depender los cargos públicos
más importantes de un proceso electoral
individualista. Cada grupo constituyó su
propio partido. Reservado, en un primer
momento, a los burgueses mediante el sufragio
censal, el derecho de voto fue extendiéndose
paulatinamente a medida que se conseguía
adoctrinar al pueblo gracias al monopolio de
los medios de difusión: escuela y prensa. Si
una elección daba, a pesar de todo,
resultados insatisfactorios, siempre se la podía
anular.
Así quebradas su unidad y su continuidad, el
Estado ocupado por la burguesía era sumamente
débil. No podía, pues, tolerar la existencia
de comunidades intermedias poderosas, a las
cuales no estaba seguro de poder imponer su
voluntad. De ahí que disolviera los gremios,
avasallara la iglesia y hasta, en algunos países,
dividiera las provincias históricas. Su meta
era convertir al pueblo organizado en una masa
de individuos aislados, “nacidos expósitos
y destinados a morir solteros”, como dijo
Renan. Pues, por débil que fuera, el Estado
burgués siempre podía dominar a un rebaño
de seres humanos indiferenciados. En nombre de
una Libertad mítica e irreal, la burguesía
se empeño en quitar al hombre los fueros y
libertades de que gozaba anteriormente en
virtud de su función. Y lo consiguió en gran
medida
V
- EL CAPITALISMO
Con el régimen demoliberal, el dinero se
convierte en la fuente exclusiva del poder. La
disolución de los gremios y la legalización
del préstamo a interés eliminaban todo obstáculo
al enriquecimiento mediante la explotación
del hombre por el hombre: del hombre pobre por
el hombre rico; del productor al parásito.
Prometiendo a los demás la libertad política,
la burguesía se aseguró la libertad económica,
que utilizó para anular la primera. Pues la
Libertad era indivisible, absoluta para todos:
para el fuerte y para el débil, para el rico
y para el pobre. O sea, como dijo Julio Guesde,
para el zorro y para la gallina: ¿por qué la
gallina se quejaría de que el zorro se la
comiera si ella tiene plena libertad de
tragarse al zorro?
Con su riqueza hasta entonces inutilizada, los
burgueses abrieron manufacturas y el libre
artesano de antaño se convirtió en un
asalariado. No fue más dueño de sus
herramientas ni del producto de su labor. Se
limitó a vender su trabajo al capitalista,
quien fijaba el precio en función de la
“ley” de la oferta y de la demanda. Claro
que el obrero tenía absoluta libertad de no
aceptar el trato y en consecuencia, como también
lo dijo Julio Guesde, de morirse de hambre.
Así se dividió la sociedad en clases: por un
lado, el conjunto de los detentadores de los
medios de producción, o sea, la burguesía
capitalista; por otro, el conjunto de los
asalariados, o sea, el proletariado; entre las
dos, el conglomerado de todos aquellos que no
revistaban en ninguno de los bandos, o sea, la
clase media. Otrora estamental, vale decir
funcional, la estratificación de la Comunidad
se hacía económica: los explotadores, los
explotados y, en el medio, los que no eran
netamente ni lo uno ni lo otro
VI
- EL CAPITALISMO DE ESTADO
Carlos Marx preveía, a mediados del siglo
pasado, que el capital se iría concentrando
en un número de manos cada vez más reducido
y que la clase media sería absorbida por el
proletariado. Tales predicciones no se han
cumplido en el mundo liberal. Por el
contrario, los dueños del capital se han ido
multiplicando y las clases medias se amplían
constantemente, absorbiendo a sectores cada
vez más importantes de la clase obrera. La
minoría burguesa, que había sabido
conquistar el poder a sangre y fuego en los
decenios que siguieron a 1789, evidentemente
ya no era la misma. Se había ablandado con la
vida fácil y se manifestaba incapaz de llegar
al soñado monopolismo integral.
De repente, en 1917 y en un país, Rusia,
donde el capitalismo, embrionario, aún no había
logrado imponerse, una minoría insurrecta,
muy semejante por su composición a los
jacobinos, se adueño del poder y, a través
del Estado ocupado por ella, se convirtió en
el único detentador–colegiado- de los
medios de producción, de difusión y de
represión. A lo largo de los años, esa minoría
combatiente se fue transformando en una
oligarquía tecnoburocrática cerrada, que
supo realizar un capitalismo perfecto,
evitando los escollos del liberalismo. Fuera
de ella, sólo había proletarios indefensos,
cuyos sindicatos no eran sino instrumentos de
poder del Estado-patrón.
Entre el capitalismo liberal y el capitalismo
estatal no existía, pues, -ni existe- otra
diferencia que la que procede de distintos
grados de cohesión y eficacia. Tal diferencia
era más marcada que hoy en vísperas de la
segunda guerra mundial. Desde aquel entonces,
y especialmente en los últimos años, el
sistema soviético se ha ido liberalizando
hasta reintroducir el lucro y la competencia
entre las empresas, mientras que el sistema
liberal se iba endureciendo como consecuencia
de la guerra, con intervención cada vez mayor
del Estado en la conducción de la vida económica.
VI
Bis - EL SINDICALISMO
No se podía esperar, por supuesto, que los
asalariados aceptaran pasivamente la situación
que se les imponía. Muy pronto, proletarios más
conscientes y más valientes que los demás
empezaron a organizarse para la lucha. No
constituían sino una minoría ínfima, pero
dura y decidida. Con un heroísmo digno de los
tiempos homéricos, como muy bien dijo Jorge
Sorel, supieron interpretar a la clase obrera
y alzarse contra el sistema democapitalista.
Como un ejercito en guerra, en medio de la
incomprensión y, a menudo, de la hostilidad
de sus compañeros de miseria, subieron al
asalto del Estado burgués, con la única arma
de que disponían: la huelga. Arma
insuficiente, ésta, por cierto. Pues los
patronos, dueños del poder comunitario,
recurrieron a la policía y, de ser preciso,
al Ejército. El sindicalismo revolucionario,
como tal, fracasó.
Paradójicamente, los héroes de la lucha de
clases consiguieron, sin embargo, una serie de
victorias en el terreno en que menos las
buscaban. Las huelgas aisladas –pues la
misma condición proletaria nunca permitió
llevar a cabo los grandes proyectos de huelga
general- no inquietaban sobre manera al Estado
burgués, pero sí perjudicaban a los patrones
contra los cuales se hacías. Para quitar a
los líderes revolucionarios el apoyo de la
masa de los asalariados, basta con ceder ante
sus reivindicaciones materiales y aumentar un
tanto los salarios. Las condiciones de vida y
de trabajo de los obreros empezaron así a
mejorar. No faltaron entonces dirigentes
sindicalistas para pensar que más valía
abandonar un combate sin esperanza y negociar
con la burguesía la incorporación pacífica
del proletariado al sistema vigente, a cambio
de ventajas cada vez mayores. Los héroes
dejaron el lugar a mercaderes que sustituyeron
la lucha por el regateo y la componenda. El
sindicalismo reformista no representaba ningún
peligro para la burguesía. Antes al
contrario, garantizaba la permanencia del régimen
demoplutocrático. Entonces, los sindicatos
mediatizados fueron autorizados por ley, ya
meros apéndices, ruidosos pero
tranquilizadores, del sistema imperante.
Con el tiempo, la clase obrera de los países
más industrializados se fue aburguesando. En
cuanto a sus condiciones de vida, se
diferencia muy poco, hoy en día, de las
clases medias. Pero sus integrantes siguen
siendo asalariados, subesclavos bien
alimentados. Sus dirigentes han llegado a
constituir una oligarquía capitalista, no sólo
la buena vida, sino también, directa o
indirectamente, el poder. Son empresarios como
los demás, mancomunados como los demás para
la defensa del sistema.
VII
- EL
PODER SUPRANACIONAL
El más craso error que se pueda cometer al
estudiar el mundo de hoy es el de creer que
capitalismo liberal y capitalismo estatal son
enemigos irreconciliables. En realidad, no
pasan de competidores, como podían serlos
potencias demoliberales del siglo pasado.
Rivalizan por el dominio de colonias y
mercados, pero se encuentran solidarias cuando
el sistema común está en peligro. Lo demostró
a las claras la segunda guerra mundial como
también, en nuestro país, el contubernio de
liberales y comunistas en 1945 y 1955.
Más aún, todo parece indicar que existe, por
encima de los bloques demoplutocrático y soviético,
una potencia supranacional que los maneja a su
guisa. Está probado que un consorcio bancario
internacional subvencionó abundantemente a
Trotsky en 1917. No fue, evidentemente, un
hecho accidental. La gran finanza no tiene
patria, sino solamente intereses. Guerra fría
y conflictos localizados no son sino episodios
de mutua conveniencia, que permiten a los
Estados Unidos mantener a flote su tambaleante
economía y a la Unión Soviética reforzar la
tensión interna sin la cual su imperio correría
serio peligro de desintegrarse. Lo más
probable es que quienes atienden, en
Washington y en Moscú, el teléfono que une
la Casa Blanca al Kremlin hablen un mismo
idioma, y que este idioma no sea ni el ruso ni
el inglés.
VIII
- EL
MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO
No faltaron, en el siglo XIX, grupos
revolucionarios que se alzaran contra el poder
burgués. Pero su enfoque del problema era
parcial. Unos, salidos de las clases medias,
luchaban por la liberación del Estado y, a
través del Estado, de la Nación. Otros,
formados en el seno del proletariado, buscaban
liberar a la clase obrera de la opresión
capitalista. No se daban cuenta que su enemigo
era el mismo: la minoría burguesa que, dueña
del poder político, avasallaba la Comunidad y
explotaba a los productores. A menudo, por
mutua incomprensión, nacionalistas y
socialistas se enfrentaban, neutralizándose,
debidamente incitados al efecto por agitadores
a sueldo.
Para que la revolución auténtica se hiciera
factible, fue preciso que los grupos
nacionalistas tomaran conciencia de la opresión
capitalista que ellos sufrían exactamente
como el proletariado, y que los grupos obreros
tomaran conciencia del avasallamiento de la
Comunidad histórica por la oligarquía
burguesa. Entonces sí surgieron movimientos
revolucionarios nacionales que supieron
realizar la síntesis del nacionalismo y del
socialismo, del espíritu de tradición y del
espíritu de revolución. Negando los
antagonismos anticuados, estos movimientos
constituyeron verdaderos Estados supletorios
que se hicieron los instrumentos de la intención
directriz de sus respectivas Comunidades.
Las revoluciones nacionales de nuestro siglo
se realizaron en dos estadios. El primero
consistió en la liberación del Estado de la
ocupación burguesa, lo que implicaba la
reestructuración funcional. El segundo, en la
liberación de la Comunidad y, en especial,
del proletariado, de la explotación económico-social
que padecían, lo que implicaba la
transformación total del sistema capitalista
de producción y distribución. Lo segundo era
más difícil de realizar que lo primero: la
historia reciente lo prueba.
IX
- LA REVOLUCIÓN NACIONAL JUSTICIALISTA
En nuestro país, el proceso revolucionario se
desarrollo de un modo un tanto diferente. El
golpe militar del 4 de junio de 1943 ya había
liberado el Estado, con un enfoque
exclusivamente político, cuando surgió el
peronismo, integrado por grupos nacionalistas
civiles y por la gran masa obrera. El
movimiento revolucionario no se había
constituido, depurado ni fogueado en la lucha.
Carecía de doctrina y de cuadros y hasta,
dividido en partido y gremios, de unidad orgánica.
No supo endurecerse ni unificarse desde el
poder. Antes al contrario, cometimos el error
de permitir –y a veces imponer- la afiliación
indiscriminada al partido, debilitándolo así
aun más. Sólo los gremios constituían una
fuerza coherente, pero incompleta por su mismo
carácter clasista,
Por otro lado, la revolución nacional
justicialista estalló y se desarrollo en el
momento internacional más difícil. Vencida
en el país, la Unión Democrática dominaba
el resto del mundo con el nombre de Naciones
Unidas. La presión política y militar de los
aliados había sido muy seria –en algunas
oportunidades, irresistible- en los años
anteriores y permanecia latente. Cambiar
brutalmente las estructuras políticas y económicas
hubiera sido considerado una verdadera
provocación, con posibles consecuencias
sumamente peligrosas para nuestra misma
soberanía.
El Estado justicialista tuvo, por lo tanto,
que actuar dentro del marco institucional
creado por la oligarquía, o sea con
instrumentos inadecuados a sus propósitos. Se
limitó a dar un nuevo sentido a formas
caducas. En el campo político, la mayoría
electoral que lo respaldaba le permitió
gobernar sin suprimir el régimen de partidos.
En el campo económico, el macizo apoyo de los
gremios le permitió instaurar la justicia
social sin destruir el capitalismo. Sólo en
los últimos tiempos de nuestra primera época
de gobierno, un tanto relajadas las tensiones
internacionales, pudimos empezar a quitarnos
la careta. Las constituciones de La Pampa y El
Chaco hicieron su lugar a la representación
sindical y se socializaron algunas empresas.
Pero, salvo estas pocas excepciones, por lo
demás incompletas, la revolución nacional
justicialista se limitó a eliminar efectos de
causas estructurales que permanecían,
constitucional y legalmente, en vigencia. Bastó,
en 1955, un intrascendente golpe
insurreccional para que el régimen
demoliberal volviera a funcionar como si nada,
o casi nada, hubiera cambiado desde 1943.
X
- HOY: DOCTRINA Y MOVIMIENTO
Hay que aprender las lecciones de la batalla
perdida. Muchos entre nosotros, pero no todos,
han sabido hacerlo a través de diez años de
persecución y de lucha. Sin embargo, nuestro
movimiento sigue siendo gregario, cuando sólo
las minorías operantes, expresión legítima
del pueblo, son capaces de hacer revoluciones.
Tenemos a millones de electores; no tenemos a
los pocos miles de militantes organizados que
nos son imprescindibles para dar
victoriosamente el asalto al poder burgués.
No se puede organizar a fuerzas
revolucionarias sin darles previamente la
formación doctrinaria sin la cual no hay
disciplina ni conciencia de los objetivos a
alcanzar. Mucho se ha hecho, en los últimos años,
para precisar las grandes líneas ideológicas
del justicialismo. Nuestros historiadores
revisionistas ya han ganado la batalla, en su
campo, y la mitología liberal ya no engaña a
nadie entre nosotros. Nuestros sociólogos y
economistas han profundizado científicamente
nuestra doctrina, especialmente en sus
aspectos estructurales. Hoy, la Escuela
Superior de Conducción Política del
Movimiento está dando a esta tarea una
orientación orgánica y normativa y empieza a
formar nuestros militantes.
Queda por constituir, en el seno del
Movimiento, una milicia combatiente que sepa
encarnar, con espíritu heroico, al pueblo
revolucionario todo, al margen de la
estratificación clasista que nos impuso el
capitalismo burgués y que sueñan en hacer
perdurar los ideólogos marxistas, fieles a
esquemas superados.
XI
- MAÑANA: EL ESTADO COMUNITARIO
Volveremos, muy pronto, a liberar el Estado.
No deberá, entonces, permanecer ningún
resabio institucional de la ocupación
burguesa. El Estado debe responder a nuestra
realidad y a nuestras necesidades, no
solamente en sus intenciones y sus obras, sino
también en sus estructuras.
La nueva Constitución Justicialista asegurará
la unidad y continuidad del Estado en la
persona de su Jefe, situado por encima de los
tres poderes institucionales. Garantizará una
auténtica representación popular a través
de las comunidades intermedias y cuerpos
constituidos de la nación: provincias,
gremios, Iglesia, universidades, fuerzas
armadas, etc. Respetará y fomentará la
autoconducción y los fueros de los grupos
sociales y comunidades intermedias.
Así el Estado estará en condiciones de
desempeñar satisfactoriamente sus funciones:
todas sus funciones, y sólo sus funciones.
Esto supone, naturalmente, la supresión total
y definitiva de los partidos políticos que
constituyen los instrumentos del engaño
demoliberal. Ni la Comunidad está hecha orgánicamente
de partidos, ni una parte de la nación, en
pugna con las demás, puede expresar
validamente la intención histórica del todo,
unitario y complejo a la vez. Sólo en Estado
soberano, librado de la ocupación clasista y
partidista, tiene por misión conducir a la
Comunidad con vistas a su cada vez mayor
afirmación.
XII
- MAÑANA: LA EMPRESA COMUNITARIA
Considerada en su aspecto funcional, la
empresa es una comunidad jerarquizada de
productores, diversamente especializados, que
aúnan esfuerzos para fabricar determinado artículo
o prestar determinado servicio, valiéndose
para ello de las herramientas o máquinas que
impone la técnica moderna.
Considerada, por el contrario, en su aspecto
legal, esta misma empresa no pasa, hoy en día,
de ser un mero capital que compra máquinas,
materias primas y trabajo. Pura ficción. Pues
si con un golpe de varita mágica se
suprimieran los dueños del capital, la
empresa seguiría funcionando sin la menor
perturbación, mientras que pararía y
desaparecería si se eliminasen los
productores.
No basta, por lo tanto, mejorar el nivel de
vida del proletariado. No basta dar al
productor el lugar que le corresponde en la
Comunidad. No resuelve nada cambiar el
capitalista sustituyendo la oligarquía
burguesa por una oligarquía burocrática. Lo
que hace falta es suprimir el salariado,
devolviendo a la empresa, aprehendida en su
realidad orgánica, la posesión y, de ser
posible, la propiedad de su capital, así como
la libre disposición del fruto de su trabajo.
Cualquier ente social –individuo, grupo o
comunidad- tiene el derecho natural de poseer
los bienes que le son imprescindibles para
subsistir y realizarse plenamente. El
municipio, por ejemplo, tiene naturalmente
derecho a la propiedad de la vía pública o
de la red de alumbrado. El municipio en sí,
no la suma de sus habitantes. Cuando alguien
viene a instalar en una ciudad, no tiene que
comprar su parte de calle ni de usina; ni la
vende cuando se va. La empresa es también un
ente social independiente de sus integrantes
individuales del momento. Es ella la que tiene
que ser dueña de su capital, al que encontrará
y usufructuará el productor entrante y dejará
para su sucesor el productor saliente. Esto
vale tanto para la empresa industrial como
para la empresa agropecuaria. Los reformistas
pequeños burgueses que quieren lotear las
unidades orgánicas de nuestro campo fomentan
el minifundio y la miseria. La tierra debe ser
de quienes la trabajan, como las máquinas de
quienes trabajan en ellas. Tal principio no
supone, en absoluto, el parcelamiento de la
propiedad de los instrumentos de la producción,
sino la supresión de las propiedad
individualista de bienes que otros
–individuos o grupos- necesitan. O sea la
supresión del parasitismo en todas sus
formas.
Eliminado el parasitismo capitalista, las
clases desaparecerán ipso facto. No habrá más
burgueses ni proletarios, sino productores
funcionalmente organizados y jerarquizados en
sus empresas.
El gremio perderá entonces el carácter
clasista que le ha impuesto una lucha
necesaria cuya responsabilidad no lleva y
volverá a convertirse en una federación de
empresas comunitarias, con el patrimonio
asistencial que necesita y los poderes
legislativos y judicial que definirán sus
fueros. En cada gremio, un banco distribuirá
el crédito entre las empresas, dentro del
marco de la planificación y conducción económica
del Estado Nacional.
La revolución justicialista no busca, pues,
llegar a una componenda entre capitalismo
individualista y capitalista estatal, ni
“mejorar las relaciones entre capital y
trabajo”. Repudia íntegramente cualquier
forma de explotación del hombre por el hombre
y quiere volver, en todos los campos, al orden
social natural. Es éste el sentido de nuestra
TERCERA POSICIÓN.
Escuela
Superior de Conducción Política del
Movimiento Nacional Justicialista
Decano:
Tte. Gral. JUAN PERON
DEPARTAMENTO
DE DIFUSIÓN ESCUELA CENTRAL |